
Es más cómodo soportar las enfermedades que las pasiones, sin duda porque nuestras pasiones parecen resultar tanto de nuestro carácter como de nuestras ideas y porque las pasiones parecen llevar la marca de una necesidad invencible. Cuando una herida nos hace sufrir, reconocemos en ello la marca de la necesidad que nos rodea; en ese momento, excepto el sufrimiento todo está en orden. En cuanto un objeto presente, bien por su aspecto, bien por el ruido que hace, o bien por su olor, nos provoca una viva reacción de miedo o deseo, podemos echarle la culpa al entorno y escapar de él, a fin de recuperar el equilibrio.
La tristeza es una enfermedad y hay que tratarla como tal, sin tantos razonamientos.

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